Abelardo SÁnchez LeÓn

Una poesía áspera, cruda, descarnada, hasta cierto punto despiadada es la de Abelardo Sánchez León (Lima, 1947). Poemas que no intentan agradar a su lector sino inquietarlo, incluso incomodarlo, interpelarlo al enfrentarlo, desde los múltiples ángulos de toda experiencia humana, a su propia condición de ser humano. Desde su primer libro, Poemas y ventanas cerradas, publicado en 1969, pasando por Habitaciones contiguas (1972), Rastro de caracol (1977), Oficio de sobreviviente (1980), Buen lugar para morir (1984), Antiguos papeles (1987), Oh túnel de la herradura (1995), El mundo en una gota de rocío (2000), Grito bajo el agua (2013), El habitante del desierto (2016), hasta la reciente aparición de su Poesía reunida (2018), su obra ha ido creciendo con esa sostenida intensidad y con una agudeza de mirada que punza en lo privado y en lo público, en los juegos de la intimidad y en las dinámicas sociales, en los rituales cotidianos y en lo íntimo del cuerpo. Obtuvo en 1966 el primer premio de los Juegos Florales de la Universidad Católica y el 1980 la Beca Guggenheim.
Aunque en el paso de los años sesenta a los setenta se habló de Abelardo Sánchez León como un poeta insular, y poesía se distingue, en general, por su palabra áspera y descarnada, también comparte varios rasgos con sus compañeros generacionales, como la narratividad, la lengua coloquial o el interés por la calle y la ciudad.