Vuelvo a ordenar frascos…

Vuelvo a ordenar frascos, a recoger papeles y mapas dispersos, a instaurar el orden de lo breve y fugitivo. El vendaval que revolvió la tarde ha cesado, pero queda un temblor en el tacto de las cosas, una huella erizada bajo la piel. Me sorprendió cuando trazaba coordenadas, sacudiendo las patas de mi silla. Vino rasante. Yo no había advertido su cauto silbido ni el paulatino aumento de humedad en el aire. Mi diaria tarea me había atrapado. Calculaba, medía, anotaba rumbos y arribos posibles. Pasaba horas en este ejercicio de lo incierto.

Ahora observo los rincones colmados de detritos de lejanos puertos, aspiro el olor hiriente de los sargazos y me pregunto hacia dónde habrán de navegar los restos de estas orillas. La habitación trastornada recalca la inutilidad de los objetos. Recuerdo que el tiempo tiene agujeros por donde se cuelan, veloces, incalculables espacios de sombra.

 

 

 

(de Cuaderno de ultramar)

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