Vigésimo día, o trigésimo…

Vigésimo día, o trigésimo, tal vez, el tiempo se desordena. Un viento blanco ha rodeado hoy la casa y una delgada capa de hielo ha envuelto las cosas. Guardados en su estuche helado, el reloj marca una hora perdida, un resto de calor en la pipa opaca la envoltura y el catalejo  encierra la visión del último horizonte. Los vendavales del estrecho han empujado este blanco estupor por imposibles senderos hasta el confín del desierto donde he creído abrigarme, y ahora lo contemplo y constato su larga fatiga.

 

Turbulentas aguas de soledad atraviesan el extremo del mundo, y aunque no volveré a surcar ese pasaje, el azote de sus temporales todavía me alcanza.

 

(de Cuaderno de ultramar)

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