Una estaca

Una estaca tiesa, estirada y clavada.

Recurro a la imagen de la vasta soledad, del silencio nocturno,

de la ventisca y la brasa en el hígado, pues allí,

en esa región deshabitada,

donde ponen el pie y se trasladan, sin instalarse,

la civilización adquiere un cierto respeto divino.

Un hálito adorna esas noches templadas,

sacudidas, a veces, por una rabia

que recorre a ras convertida en tormenta de arena.

Su lenguaje es parco, lacónico, introvertido en los trazos

de un poeta hermético proveniente de las estribaciones

que encalla, de pronto, en ese ardor

donde la planta sostiene el tronco y la cabeza husmea en vapor.

Un lenguaje en medio de la nada.

Un batir de alas

entre las manos conscientes de que el arte consiste en dejarse ir.

La distancia se amplía a cada instante.

La certeza reconoce que todo invita a dejarse estar

en un paraje donde se dosifica y calcula el desplazamiento.

Asume que se trata de una región adversa.

Se ha adelgazado a la manera de un palo.

Considera que si han dejado un clavo en la pared

es para que se coja de él.

La antigua historia del clavo en la pared

le extrae otra sonrisa vaga, pues aquí, en este arenal de caídas

dunas, tierra plana, cuestas que se extravían y diluyen,

no hay una pared sólida donde clavar un clavo.

Cierra los ojos y esquiva el espejo.

La imagen más real en esta región es la del oasis flotando.

Su rostro está devastado más por la fatiga

que por la desesperación.

Ha tocado fondo. Va envuelto en un turbante que libera su ojo.

Su figura forma parte del aire que cerca oscuro

y arrasa antes de detenerse en otro lugar.

Se desplaza a sabiendas que no lo esperan

en una noción que aluda a la imagen de la casa.

El destino azota su mandíbula.

Le fatiga haberse convertido en una estaca

sostenida por un corazón erguido.

Bajo su respiración está cómodo si se anda con prudencia.

Quien le ha arrebatado su patrimonio es el desierto.

Domina perfectamente el arte de darle forma a la túnica

con el propósito de enfrentarse al sol, al frío tardío,

a la ventisca.

Escucha un lenguaje que no es otro que el suyo.

Viene desde el otro lado. La brisa aletea en su mejilla.

Es el final previsto. Es el último. Es quien queda.

 

(de El habitante del desierto)

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