Reyes en el caos

Mariela escúchame:

                                    Ya sé que estás cansada de la autoridad de tu padre, y sin embargo no puedes dejar de amarlo. Ya sé que nunca serás la cuarta oveja en el redil, dulcemente dispuesta y dócil a las órdenas dirigidas vía satélite, en el sofá del hall frente a la TV. Nunca aceptarás convertirte en esa apacible ama de casa, sin problemas (o sólo con problemas domésticos). Nunca entenderán además, que tu llanto nocturno en la soledad del cubre-cama o en la mañana más pura y más helada, era sencillamente llanto, eran solamente lágrimas corriendo sobre tus mejillas y que no sabías porqué y que no te interesaba y que nunca interesó saber, de dónde te venía esa pena y se agarraba fuertemente del corazón y te clavaba las uñas por encima de la blusa y te la rompía y al final sólo te quedaba el tocador para sentirte inútil yendo a enseñar inglés, a enseñar cualquier cosa.

 

                         Ah Mariela

                                               cuando en realidad lo que buscabas era mirar fijamente tus ojos negro-boliche en el espejo y averiguar por qué el amor te estaría aguardando, la poesía, en la siguiente esquina, acaso en la misma estrechez del pasaje Conococha. Y que ya había pasado suficiente tiempo concediendo, tratando –sin conseguirlo– de ser la chica ideal que el sistema  exigía. Por ese amor que tal vez nunca conseguimos, pero sí entrevemos, en la melancolía veloz de los autos que vuelan por la Vía Expresa, desde aquí, desde este puente, desde estos versos que yo a veces junto para ofrecértelos, sin miedo, con el fluido magnético que dan en mí tus ojos, tus más antiguas lágrimas, cuando comprendes tu destino impreso en los periódicos, en los papeles que el mundo desecha, en las canciones que te devuelven a un tiempo tan fugaz, como la cinta del primer enamorado, en los parajes transparentes donde el amor reinaba y volvía a volar y aterrizaba entre los sonidos de la realidad –viento ladridos caídas de agua caricias en tu pelo– el motor de un Ford acelerando, hasta una mariposa, qué sé yo. Qué puedo saber yo además, de tu vida, qué realmente de tus blue-jeans, de tus axilas, de tus botas en el filo de la cama, de tus dedos limpios, de tu apache soledad.

 

 

Morada del río, morada de

las piedras relucientes y las luces

de la caseta en la hidroeléctrica

Urb. Niágara –Chaclacayo–

Siempre encuentro silencio entre estos muebles,

no brillantes pero dueños del frescor

con que ahora siento que puedo escribir,

aunque sea unas líneas iniciales

el primer canto del poema, aunque

luego tenga que salir, abandonar

este trozo de tiempo detenido y

en un micro Lima-Ricardo Palma

ser testigo de una declaración de amor:

Él, delgado, pelo corto, voz quebrada

por la circunstancia. Ella, azul,

segura, voz natural con una

tímida ternura, musical, urbana

 

Él: ¿Por qué estabas tan sola? ¿Por qué?

Ella: Me molesta, me aburre. No sé.

Él: ¿No te gustaría salir, conversar?

Ella: Desde Ventanilla se ven esas luces.

Él: Sí, es como si estuvieran en el aire.

 

Un rato después, ella ha puesto

su mano sobre la de él, encima

del respaldar del asiento. La

de ella sólo se distingue de la de él

por el cuidado que presentan las uñas.

De Huampaní a Lima, un

viernes al anochecer, en el

pasadizo de un microbús

renació el amor en dos jóvenes

de mi país. ¿Y Edith Lagos?

¿Quién es Edith Lagos? ¿Sarita Colonia? El rostro

de ella me hace recordar al de ella,

el mismo trazo oval, el mismo pelo lacio

en los costados de la frente

 

Ella dice: ¿Vamos a una discoteca? ¿En Lima o Miraflores?

Él: Las de Lima son monse.

Ella: Pon el cassette de Amanda Miguel.

 

OBREROS GUERRILLA ES TU CAMINO

 

Así reza una inscripción en la pared

de una fábrica. De pronto, tomo

conciencia de que estoy en la Carretera Central.

Una tras otra, las fábricas se suceden

(Ya no soporto el penetrante olor

del polvo acumulado entre los libros

dispersos en mi mesa)

Cerros de libros / cerros habitados,

en El Agustino veo

el cambiante resplandor de un TV

iluminando en lo alto una ventana

                                                            El micro

da la vuelta en el paradero final.

Se acerca el cobrador y detiene a

una muchacha antes de bajar y

dice: Espérese, no baje.

Yo: ¿Qué pasa?

El cobrador: Allí está el policía.

Yo: ¿Cuál policía?

Él: Cómo que cuál policía.

 

 

 

(en Hueso Húmero Nº 17. 1983)

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