Retablo

En un tiempo viví en Ayacucho,

rincón de muertos que lo llaman.

Salí de allí, por azar, en 1970,

diez años antes de la hecatombe.

vi la miseria con mis propios ojos

en el Parque Sucre, San Juan Bautista,

Acuchimay, en el mercado,

y penetrando por las rendijas

a las mismas casas de los ricos,

mendigando. Algunos

de mis conocidos de esos años

están muertos o en prisión

o andan por el mundo

como kamikazes locos

matando y dejándose matar

por los soldados.

No hablo de los jefes. De ellos no hablo.

Conocí un niño que murió

en la isla El Frontón en 1986, siendo hombre,

con trescientos de los suyos, asesinado.

Tuve un amigo periodista

que fue a Ayacucho en 1983

en misión de servicio y junto

con siete compañeros,

en Uchuraccay, murió asesinado.

Pero los hombres de la costa cuando mueren

tienen un nombre, una lápida,

recuerdos, flores; los campesinos

cuando mueren son números asesinados.

pienso también en los soldados

que los llevan desde tan lejos

(Saposoa, Iquitos, Tumbes)

hasta Ayacucho a morir baleando.

No me hables de la música de Huamanga,

ni de la tersa piel de sus mujeres,

ni del cielo lapislázuli.

Ayacucho es la sombra de la muerte,

una escalera interminable de cadáveres,

la muerte misma trepando hasta mi corazón

que vive todo el tiempo agonizando.

 

 

(de Cabellera de Berenice)

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