Las retamas de Chaclacayo

Perdura aún la resolana

intensa sobre mi pecho de Chaclacayo,

la altura de las montañas

es aún alta entre las nubes que no escapan

las acequias aún conducen las aguas rumbo al estanque

los zancudos aún se agitan perturbando a los espectros

-esa pedregosidad del lecho

en que aún con los ojos intensos

soporto el peso de las noches alumbradas

-estrellas, ecos, ladridos entre el universo

de un tren indomable atravesando

la repostería del fondo.

 

No podría atreverme a regresar

si aún intento posar mi mirada en aquella casa en disputa.

Si aún escribiendo me convenzo

que detrás de las lunas del comedor un primo espera al primo.

Descrubríamos un territorio de retamas

mucho antes de las urbanizaciones.

Recreábamos los espacios y las atmósferas,

reconocíamos perfectamente el aroma de la primera mañana,

el sopor del mediodía,

la largueza de las tardes,

la noche templada y seca.

 

Parecida a Chaclacayo me tuvo que parecer Cuernavaca.

Delfos y sus rocosas colinas.

Montañas altas empujando a las nubes,

acequias conduciendo el agua,

resolana sobre mi pecho.

Los dos primos de esa época eterna

extraviados una vez que murió su madre, y la mía,

mi padre, y el suyo, los sucesivos perros,

cuando lo dejó su esposa, cuando me abandonó la mía,

enfermó su ama, la cocinera, el jardinero,

desapareciendo y abriendo las puertas,

su traqueteo, la cortina al aire.

 

Aún me quema en el pecho intenso la resolana

y atraviesa indómito el tren bajo el puente

llevándose lo que antes se llevó el tiempo.

 

 

 

(de Oh túnel de La Herradura)

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