La partida del ángel

Desde el poyo, inclinado,

y sostenido del borde tan solo con los dedos del pie,

la dimensión olímpica es de un tamaño asombroso

que lo abarca y envuelve en un manto inquietado,

de vez en cuando, por una brisa que arrastra

sobre su lomo una mano temblorosa.

 

Levanta el tórax

e introduce el vientre hasta que salten las costillas.

Está tan flaco como una sacuara cuando, hasta

hará una década, se asemejaba a un barrilete de cerveza.

Es el trajín, la rutina,

el insomnio, la ceguera que lo coge de sorpresa,

lo que explica ese físico sin garbo, pero agarrado.

Ha decidido, junto a los otros viejos,

desvestirse en el vestuario, meter las ropas en el maletín,

ponerse una trusa, calentar,

practicar unas cuantas partidas y conservarse erguido

dándole cara a esa poza que se asemeja a una mandíbula

 

Tambalea.

Sostenerse en sus propias extremidades

es un asunto que desvela.

Lo hace lentamente, se encorva,

se mantiene en esa posición tan desvergonzada

como si fuese un aeroplano listo a despegar.

Coloca los brazos hacia atrás.

se parece a un ave dispuesta a abrir sus alas

en el instante en que no tiene pensamientos, recuerdos,

expectativas o esperanzas,

a tiempo ya de salir y despegar de ese poyo.

De pronto alza vuelo, lleva los brazos hacia adelante,

coloca la cabeza al medio, la frente relativamente levantada

y en un crujido de tiempo invade esa agua,

la atraviesa como si se estrellara contra un vidrio

y una vez dentro se deja llevar, busca la raya negra

y se dispone a mover ras extremidades en cosa de segundos.

 

 

 

(de Grito bajo el agua)

Comentarios: