fragmento

Aquí nada ha pasado

nadie ha venido

ninguno se ha ido

menos nadie ha muerto.

 

Nuestras casas solariegas

exhalan el mismo aroma colonial

nuestros campanarios dormitan en sus torres

nuestras 33 iglesias tienen el mismo icono

y nuestras calles permanecen adoquinadas

con las seculares piedras de Huamanga.

 

Nada ha cambiado,

el antiguo aeropuerto

recibe cotidianamente sus bimotores

y los pasajeros en perfecto orden

jamás son rebuscados en sus bolsillos

menos palpadas en sus intimidades nuestras mujeres.

 

Todos gozamos de salud divina,

los ángeles verdes son tan guapos y generosos

que no necesitan perros para custodiar sus trabucos

y los pasajeros henchidos de felicidad

a cada paso encienden sus pupilas y pelan los dientes.

 

Nuestra ciudad es limpia y aromática

sus calles exhalan inciensos de láudano y anís,

su paredes están limpias como papel en blanco

y no como dicen taraceadas de plomo.

 

Nuestros waynos son tan alegres y vivarachos

que provocan sonoras risotadas y pícaros zapateos a quienes los escuchan.

Nuestros mercados están llenos de víveres,

los pollos felices aun de muertos,

gordos hasta la remaceta, a los transeúntes

guiñan con ojos de me voy contigo.

 

Los palúdicos huesos se esconden de vergüenza

tras las sonrosadas pulpas de reses

y los comerciantes pródigos de bondades

ponen un kilito de yapa en las panzudas canastas

de robustas amas de casa.

 

 

Nuestros niños,

¡Ah, los futuros gobernantes!

       -¡Niños de Huamanga!-

 

Todos están en sus guarderías

sus casas - cuna

sus jardines

      sus escuelas.

 

 

No hay un solo niño en la calle,

tampoco existen huérfanos.

 

Todos los días rollicitos y sobrealimentados

llenan de inocentes risas el corazón de los hombres.

 

Aquí, no se conocen lágrimas

       -menos llantos-

los que inventaron ejércitos

       de niños errabundos

en los campos

        como Aqomarka

deambulando con ojos de odio,

desnudos y huérfanos

enfermos y descalzos,

         raquíticos y hambrientos

derramando ríos de lágrimas navegables

son inventos de quienes crearon

    la ciencia ficción

para avergonzarse del futuro.

 

Así pues, nuestros niños de Huamanga

son fuertes y sanos,

pero los gacetilleros

    -esos escri-vanos maledicentes,

tinterillos sin alma-

habían dicho de Huamanga

        es un fortín de puericultorios

los niños son retratos

           de fantasmas desaparecidos.

 

Que sigan diciendo eso y más,

bajo el cielo nada es oculto

      la verdad es como es

como que no hay dos soles sobre la tierra.

 

Nuestros jóvenes, son como el sol al levante

valerosos y enhiestos como los pinos

         crecen lozanamente.

 

Sus madres en especial enloquecen de alegría

         canturrean

  rezuquean

y no saben cómo dejar de ser felices

porque sus hijos siempre están con ellas

  nunca se desaparecen

ni nadie los tortura

menos los descuartizan,

primero los dedos,

las manos después

       los brazos luego

seguidamente las piernas

      la lengua

     las orejas

y finalmente la cabeza,

sus cuerpos se comen las alimañas de Purakuti

 

Eso es lo que dijeron esos letrinarios sin alma

echando veneno en sus tintas

como esas víboras que sólo sacan la lengua para envenenar

y manchar la muy noble, leal y heroica ciudad de Huamanga

porque

Aquí nada ha pasado

nadie ha venido

ninguno se ha ido

menos nadie ha muerto.

 

 

 

(de La palabra de los muertos o Ayacucho hora nona)

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