Denso, envuelto en papel de seda…

Denso, envuelto en papel de seda, amaneció el tercer día. Como los días del Ártico, iguales a sus noches, pero blancos, donde cada paso horada el espesor de la nada. La niebla había abolido las sombras. Invadiendo lentamente el espacio fue cancelando y confundiendo. Cuando bajé las escaleras, la casa no tenía paredes y en el lugar del techo un cielo sin fronteras se había instalado. La luz no venía de ninguna parte ni tenía rumbo. Parecía estar en el centro de las cosas. No pude ver mis pies andando sobre un suelo sin sonido y mis manos se perdían tratando de asirse a objetos anulados. Quise pegar mi cuerpo a la tierra, pero hasta el placer del roce se había desvanecido. Me hallé sin peso, sin aliento, no me quedó sino aguardar a que el tiempo echara a andar o me abandonara en ese reino de turbia claridad.

 

 (de Cuaderno de ultramar)

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