Cinco poemas sin metro

José Watanabe, meticuloso al hablar como es en él una hermosa costumbre, se animó a comunicarse conmigo por teléfono –nunca antes lo había hecho– para decirme con su sosegada voz que debo seguir yendo a los lugares que solía ir –la montaña, el río, la piscina, el mar– cuando andaba vivo. Luego me contó con una paciencia digna de un acuarelista una historia sostenida en un haiku.

Una vez, hace siglos, un poeta perdió a su hijo. Un hijo pequeño, un hijo de tres o cinco meses, y exhortó a una serie de poetas a redactar una breve composición que expresara la pena de la pérdida. Que le permitiera, en otras palabras, entender o aceptar o encontrar la serenidad. O la sabiduría que pueda surgir de ese torrente que ruge bajo la corteza cuando un hijo se muere. O la vergüenza de haber quebrado una ley natural, a lo que nunca nos prepararon, ni social humana cultural o animalmente, ya que debí ser yo, cavilo en silencio, partícipe de esta triste historia que nadie desea escuchar.

Me dijo que ningún poema había sido de su agrado. El poeta, entonces, el padre vivo sin su hijo, escribió: “el mundo de una gota de rocío / el mundo de una gota de rocío / y sin embargo / y sin embargo”.

 

 

 

(de El mundo en una gota de rocio)

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