Mi casa, lamentablemente, es una casa

Aquí no vive ninguno de la cuadrilla que la construyeron.

Ni el arquitecto ni el ingeniero ni el maestro de obras.

Aquellos que sí y han muerto no lo hacen más.

Viven, entre otros, una anciana y la señora de llaves,

nosotros que retornamos de un viaje al descenso

colocando nuestra presencia en sus espacios.

Hemos decidido venderla cuando por fin se vayan

- alquilarla es un verdadero dolor de cabeza,

deben repararse las cañerías -

y quien la adquiera demolerá sus entrañas

porque lo que vale es la tierra en que se asienta.

Los encargados del corretaje no le ponen precio

pues son esquivos en la tarea de tasamiento.

Miro y me miro en aquellos lugares

prestos a desaparecer una vez que se pacte el contrato.

Es una construcción que cumplió su ciclo:

fue usada, degustada, dándonos esa seguridad

de poseer un sitio en los desórdenes de la ciudad.

Ahora debe dar paso al tiempo que arrastra consigo

lo que está en su camino, y no he de colocarme allí,

al medio, si aún persisto en la idea de estar después

del rastrillaje de la vorágine.

 

Que mire, me han dicho, hacia los alrededores,

y constate cuánto pierdo conservándola.

Tratándose de construcciones es difícil hablar de muertes.

No sienten ni la comba ni la taladrada en las sienes.

No tiene corazón, señor, me lo han repetido convenciéndose,

el corazón, y habría de ver de qué asunto hablamos,

lo tiene Ud. allí, debajo de su camisa.

 

No tengo las energías para hacer una brevísima

descripción física

ni qué de cosas ocurrieron en su interior.

Las construcciones suelen detenerse en el tiempo

con el ánimo de conservarlo en un movimiento.

De ese modo, pareciera ser que andan vivas.

Nosotros, que retornamos hace muy poco,

aireamos con vergüenza su vejez.

Se trata, señor, entiéndalo, me dicen,

de construcciones que han perdido su valor.

 

Podría regatear y le darán una miseria.

Lo he entendido, no es difícil.

He acabado por entender todo, incluso mi muerte.

Se descascaran las pieles, se aflojan los pilares,

se desamarran las amarras, y si eres de quincha y cal,

las musculaturas se ablandan, y si de ladrillos y cemento,

uno se tuerce, se dobla o se retuerce la columna.

Pero nadie me dará una moneda cuando me marche.

El suelo, la tierra, eso sí, cobra un valor extraño,

insondable, humedecido, como la vuelta al principio.

Ud. entenderá que aquí no hubo nada, cascajo y piedrecilla;

era, imagíneselo, un campo traviesa:  nuestro único parecido.

 

 

 

(de Oh túnel de La Herradura)

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