La casa del abuelo

No sólo demolieron la casa del abuelo,

también despistaron a los nietos

ocultando las palabras escritas en la noche.

Y el sillón de las tardes cayó al desván como un problema que se esquiva,

al fondo, con los recuerdos amarillentos de los álbumes

y las últimas agonías del enfermo que conoció el enigma de los mares.

 

Habían crecido hasta descifrar el idioma que se agita en la ciudad.

Llegaron a reconocer cada sonido, cada hoja caída en otoño.

Y  de golpe abrieron las ventanas confundiéndose en las calles,

varados al principio, cuando tropezaron con las primeras prostitutas

y el plomo del invierno no era un blanco techo de yeso,

cambiando sus rostros parecidos al antiguo árbol

con las amargas palabras del viento.

Y viejos secretos aparecieron con las aguas acumuladas en los barrios,

convenciéndose que el débil habitó en las épocas del campo,

cuando la amistad evitaba desnudarse con el lenguaje del dinero.

 

Y no sólo demolieron la casa del abuelo,

también mudaron los libros del estante alquilando sus versos.

Y los restos apiñados en su memoria desaparecieron

con las escasas lluvias de verano, y no quedó nada,

ni una mirada tierna que acompañe la herencia de mano en mano,

ni una palabra que evite el camino minado con pestes y desengaños,

ahora que débiles no soportamos las inclemencias y las tentaciones,

cuando hemos caído tan bajo como un obstáculo en medio del esfuerzo.

Y nunca he leído sus versos. Nunca conocí su cuarto ni sus libros.

Nunca contemplamos del balcón el arribo de la ciudad

humedeciendo nuestros pies descalzos.

Nunca le dije adiós ni vi sus ojos esperando la muerte.

Sólo columpié mis escasos años en el patio de los sirvientes,

varado como una hoja de otoño, de mano en mano, de tía en tía,

a pleno sol y en pleno invierno, con la misma radio de siempre,

y los mismos paseos en el parque rodeado de pálidas amas y sonajas,

ajeno a toda palabra del abuelo,

a su deambular por los corredores cada vez más solo, hasta que un día

harto de columpiarme maldije ignorando aún el peso del cansancio,

del prematuro abatimiento con el orden exacto de las cosas.

Y empecé a reconocer que las bocinas eran de cólera,

que el empleado del Seguro era amargo y triste,

que la infancia crece con las estaciones,

hasta olvidar los días que correteábamos insectos

durmiendo en las hierbas de la noche y del sueño.

 

 

 

(de Poemas y ventanas cerradas)

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