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Con Jimmy en el 7 1/2

Yo, Roy. Tú, Jimmy

La primera vez que fui. Yo estaba parado en la esquina:

Casa de los Linares. Viernes, después del colegio. Soledad. Pateando

latas. Muchacho varado por la marea de una adolescencia sin nadie. Los años, los quince años. Un cielo encapotado rojo turbio. Mis sueños de

carey poblando el vacío del aire. Me quería inmiscuir en el viento.

Pronto vendría la noche, oscura como la muerte. Sería un viernes más,

una muerte sin nombre y sin fecha en el firmamento nonsense de la Historia

Leonel Valdiviezo –Pulga– saca la cabeza por encima de la luna que

está terminando de bajar desde el interior del automóvil. Celeste.

Toyota nuevo. La trompa izquierda ha frenado topando levemente uno de

mis muslos cubierto por el blue-jean. La sonrisa de Paco al timón es ostensible.

–¿Vamos al Chongo?– dice Pulga

Con un escalofrío en el estómago subo al asiento posterior del carro.

Erguido sobre el marroquín negro, observo mi nerviosismo en la consola delantera. Música del tocacintas. Paco –mayor que nosotros–

maneja con soltura. No es como Pulga en el Impala de su viejo. Belair.

Haciendo señas al trailler que se nos viene encima con el carro

atravesado en la pista. Carretera a Sullana. Un día que quisimos ir al

burdel y no pudimos. Masturbación. La fijeza del falo contra el espejo

de una mujer desnuda. Triunfa la calatería. Paco sonríe con sus bigotes zambos.

Yo: Oye, pero yo todavía no he comido

Pulga y Paco: Acá vas a comer

Yo: ¡Che!

Y acelera sin respetar las leyes del laberinto. Los semáforos de Delfos

envían mensajes para nadie. A esa hora la ciudad se esconde,

comienzan los amores secretos. Se han prendido los verdes

fluorescentes del Km. 7. En la oscuridad del arenal son una promesa

para el pasajero. Camiones desordenados. Los choferes y el chulillo

bajan a echarse un polvo. Acaso un amor fugaz. Farewell. El Toyota se cimbrea sobre el desvío. Se eleva la tierra del afirmado. Se detiene. A

la intemperie, junto a las columnas rosadas, reposan con la puerta de

la habitación abierta, las doradas prostitutas.

Diana con ensortijada peluca rubia. Sostén y calzón de nylon. Sobre el catre, levanta el cuello y las nalgas. Pero nada sucede.

Karina, imponente zamba de zapatos blancos. Un bikini de vedette de

boite barata de Lima. Lentejuelas sin brillo, despegadas. Muslos duros

de negra joven todavía, sonrisa fresca. Los pasillos huelen a orines

acumulados. La luz rojiza desvanece el rostro de los putañeros. El

viento limpia la violencia de los corazones. Los taxis hacen cola en el

pequeño patio central. Las losetas en blanco y negro apenas se

perciben; sólo cuando un Datsun desvencijado prende sus faros y

penetra en él alguna prostituta acompañada del caficho. Pulsera de oro.

Lentes ahumados. Afuera ella es madre de familia. Dios no existe.

Los tres caminamos lentamente. Paco juguetea con el llavero. Pulga

con las manos en los bolsillos. Yo, contemplando a una negra riquísima.

Pasan. Pasamos. La negra lleva puesto un bikini a rayas, descolorido.

Playa de Chuyiyache, 1965. Lindaura, pistolera. Maroquera. Falda beige

tubo. Vuelvo a pasar delante de ella. Sonríe. ¿Se habrá dado cuenta que es la primera vez que vengo? Desaparezco.

Estoy solo. Un viejo con un chicote en la mano camina detrás mío. Me

sigue. Me está tasando. Pero no dice nada. ¿Querrá expulsarme por

menor de edad? Sudo. Es el Diablo.

Lo siento bramar. Tiene los pelos revueltos y huele a cañazo. Su saliva

resbala por la comisura de los labios. Guarda distancia y me mira sin

atreverse a hacer nada.

Paso por última vez. La negra, que ya es sólo el recuerdo de una

infantil arrechura, me besa en el aire, y con su alma de sogas

acariciando el torso de su piel me alejo buscando a mis amigos. Qué

miedo. Ya no están. Volaron a los paraísos equidistantes de la

memoria.

Me abrazo a mi camiseta desteñida en azules concéntricos estallando.

Un nudo en la garganta. Joe Cocker en Woodstock. Cine Variedades.

Carry Snodgress.

Diario de una esposa desesperada. Con Jimmy en el 7 1/2. La primera

vez que caché. Jaime Estrada/Antonio Ruiz, "Morena". 75 soles

peruanos.

2 años después. Coca está en cuclillas al umbral de su cuarto. Lleva un

corto vestido de flores marrones, escotado por detrás y por delante.

Chata. Ronca. Carnes algo suaves. Algo tiernas. Leche y transparencia.

Sensual. Curvilínea. Acepta mi proposición. Estoy decidido. Ellos

piensan que yo ya fui. No saben que es la primera vez, aunque se los he

insinuado. Cada quien se pierde en el silencio. La puerta cerrada.

Desvístete.

Ella se sorprende cuando le cuento que es la primera vez. Acércate

dice, coge el falo dormido, lo corre y aprieta despacio, alumbra con

una linterna de otorrinolaringólogo. Otra vez. Ya, sonríe. Su vientre

avanza y se estrecha al mío. Hay música. Me abraza y despejando el

rostro con un ademán en el que rítmicamente contemplo el vuelo de los

cabellos negros. Coca junta su cuerpo al mío y bailamos desnudos el

bolero, el rock lento que sale del radio sin saber qué soledades

alumbra bajo el cielo de Piura, la ciudad del Deseo.

 

  (de El chico que se  declaraba con la mirada)

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